El consumo de cannabis entre adolescentes disminuye, pero la reducción no se comparte de manera equitativa

Un nuevo estudio basado en datos de encuestas escolares de Minnesota reporta una disminución sustancial en el consumo de cannabis entre adolescentes durante la última década, al mismo tiempo que encuentra que varias de las mayores disparidades sociales se han mantenido obstinadamente intactas. La investigación ofrece un panorama mixto: un progreso amplio a nivel poblacional, pero un progreso limitado para algunos de los jóvenes que ya enfrentan las mayores cargas sociales y de salud.

El estudio, publicado en Social Science & Medicine y descrito por investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Minnesota, examinó las tendencias del consumo de cannabis de 2013 a 2025 utilizando la Encuesta Estudiantil de Minnesota. Observando a estudiantes de noveno y undécimo grado, los investigadores compararon las tasas de consumo de cannabis en los últimos 30 días entre años de encuesta y entre una variedad de identidades sociales, incluido el sexo asignado, la orientación sexual, la identidad de género, la identidad racial y étnica, y el nivel socioeconómico.

El hallazgo principal es directo: el consumo de cannabis en los últimos 30 días cayó del 13% en 2013 al 5% en 2025. Se trata de una disminución notable en un comportamiento asociado durante mucho tiempo en estudios previos con angustia emocional, problemas académicos y daños al desarrollo y funcionamiento cerebral que pueden extenderse hasta la edad adulta. En apariencia, esa caída sugiere que muchos menos adolescentes de Minnesota consumen cannabis que hace una década.

Pero la disminución general no cuenta toda la historia. Los investigadores encontraron que para casi todas las identidades sociales que estudiaron, los jóvenes marginados tenían probabilidades significativamente elevadas de reportar consumo de cannabis en comparación con el grupo más privilegiado de referencia para esa categoría de identidad. En otras palabras, la mejora a nivel estatal no eliminó la exposición desigual.

Qué cambió y qué no

Algunas disparidades sí se redujeron. El informe destaca un ejemplo especialmente notable relacionado con las diferencias raciales. En 2013, los jóvenes negros no hispanos, africanos o afroamericanos tenían un 51% más de probabilidades de consumir cannabis que los jóvenes blancos no hispanos. Para 2025, ese patrón se había revertido en este conjunto de datos, con esos jóvenes negros reportados como un 10% menos propensos a consumir cannabis que los jóvenes blancos.

Ese cambio es importante porque muestra que las disparidades no son fijas. El cambio a nivel poblacional puede alterar el riesgo relativo entre grupos, y los mecanismos detrás de esos cambios merecen atención por parte de investigadores en salud pública y formuladores de políticas. Ya sea que el cambio refleje normas cambiantes, esfuerzos de prevención, acceso diferencial, patrones de notificación o cambios sociales más amplios, muestra que las brechas pueden moverse sustancialmente con el tiempo.

Al mismo tiempo, no todas las brechas se redujeron. Algunas de las mayores disparidades se mantuvieron efectivamente estables de 2013 a 2025. El estudio encontró que los jóvenes indígenas americanos y nativos de Alaska, los jóvenes LGBTQ+ y los jóvenes en situación de pobreza tenían aproximadamente tres veces más probabilidades de consumir cannabis que sus respectivos grupos de comparación: jóvenes blancos, jóvenes heterosexuales y jóvenes no empobrecidos. No se trata de pequeñas diferencias residuales en los márgenes. Apuntan a una desigualdad estructural y social persistente dentro de una tendencia estatal que por lo demás mejora.

El resultado es lo que la autora principal, Marla Eisenberg, describió, en el texto fuente, como una historia de “buenas noticias, malas noticias”. La buena noticia es que menos adolescentes en general reportaron consumo reciente de cannabis en 2025 que en 2013. La mala noticia es que la disminución no eliminó algunas de las disparidades más importantes, particularmente para grupos que ya tienen más probabilidades de enfrentar otras formas de desventaja.

Por qué son importantes los hallazgos

El debate público sobre el consumo de cannabis entre los jóvenes a menudo gravita hacia un número: si el consumo está aumentando o disminuyendo. Esa medida importa, pero puede aplanar la imagen real. Un promedio estatal puede mejorar mientras deja atrás a grupos que se ven desproporcionadamente afectados por la pobreza, la discriminación, el estrés o el acceso desigual a servicios de apoyo. Este estudio aboga por una forma más precisa de medir el progreso.

Eso es importante tanto para la prevención como para la intervención. Si los formuladores de políticas se basan solo en la disminución general, pueden concluir que los esfuerzos existentes están funcionando lo suficientemente ampliamente y que el problema está retrocediendo. Pero si las mayores cargas restantes se concentran entre poblaciones específicas, entonces los enfoques universales por sí solos pueden no ser suficientes. Los datos sugieren que la próxima fase de progreso puede depender menos de mensajes amplios y más de apoyo dirigido.

El estudio también aterriza en un entorno político donde los debates sobre el cannabis se centran cada vez más en la legalización, la justicia penal y los mercados comerciales. Esas conversaciones pueden eclipsar las disparidades de salud de los adolescentes. Sin embargo, los patrones de exposición de los jóvenes siguen siendo un problema esencial de salud pública, especialmente dada la evidencia citada en el texto fuente que vincula el consumo de cannabis en adolescentes con resultados negativos emocionales, académicos y de desarrollo.

Es importante destacar que la investigación de Minnesota no argumenta que todos los grupos siguieron el mismo camino o que todas las disparidades empeoraron. Algunas diferencias comparativas, especialmente entre grupos raciales y étnicos, disminuyeron. Ese matiz es una de las principales contribuciones del estudio. Se resiste tanto al optimismo fácil como al pesimismo fácil. La tendencia es alentadora, pero los beneficios han sido desiguales.

Un desafío de salud pública más específico

La implicación práctica es que una tasa estatal en descenso no debe tratarse como el final de la historia. En cambio, cambia la naturaleza del desafío. Cuando la prevalencia es mayor en general, la prevención universal puede dominar la conversación. Cuando la prevalencia cae pero las disparidades siguen siendo grandes, el trabajo más difícil se vuelve entender por qué ciertos grupos permanecen en riesgo elevado y diseñar respuestas que se ajusten a sus circunstancias.

Para los jóvenes en situación de pobreza, eso puede implicar exposición al estrés crónico, inestabilidad o acceso limitado a recursos de apoyo. Para los jóvenes LGBTQ+, puede implicar estrés de minoría, estigma o exclusión. Para los jóvenes indígenas americanos y nativos de Alaska, los impulsores pueden reflejar inequidades de larga data que las campañas estándar escolares o de salud pública no abordan adecuadamente. El estudio en sí, según se resume en el texto fuente, no resuelve esas preguntas causales, pero deja claro dónde aún se necesita atención.

Esa es también la razón por la que los hallazgos deberían importar más allá de Minnesota. El estado ofrece datos de encuestas escolares inusualmente ricos durante un largo período, lo que permite a los investigadores examinar el cambio tanto en la prevalencia como en la inequidad. Otros estados pueden mostrar patrones diferentes, pero la lección más amplia es portable: un promedio decreciente puede coexistir con una disparidad persistente, y el éxito de la salud pública debe juzgarse en ambas dimensiones.

Los adolescentes de Minnesota consumen cannabis con menos frecuencia que hace una década. Esa es una mejora significativa. Pero si algunos grupos siguen siendo varias veces más propensos que otros a reportar consumo, entonces el desafío central ya no es simplemente reducir el total. Es asegurarse de que las ganancias lleguen a los jóvenes que aún están más expuestos al daño.

Hallazgos clave

  • El consumo de cannabis en los últimos 30 días entre los adolescentes encuestados de Minnesota cayó del 13% en 2013 al 5% en 2025.
  • Los jóvenes marginados tenían probabilidades significativamente elevadas de reportar consumo de cannabis para casi todas las identidades sociales estudiadas.
  • Algunas disparidades raciales y étnicas se redujeron sustancialmente con el tiempo.
  • Los jóvenes indígenas americanos/nativos de Alaska, los jóvenes LGBTQ+ y los jóvenes en situación de pobreza seguían teniendo aproximadamente tres veces más probabilidades de reportar consumo que los grupos de comparación.

Este artículo se basa en un reportaje de Phys.org. Lea el artículo original.

Originally published on phys.org