El federalismo suele describirse como una salvaguarda frente a la concentración de poder en Estados Unidos. Un nuevo análisis sostiene que su efecto sobre la democracia es más condicional: la misma división de autoridad entre el Gobierno federal y los estados puede limitar el retroceso democrático o ayudar a extenderlo.

El artículo, publicado en la revista Publius, se titula “The State of American Federalism 2025–2026: Federalism’s Dual Role in Democratic Backsliding”. Sus autores son Michael Dichio, profesor asociado de Ciencia Política en la University of Utah, y Rebecca Bromley-Trujillo, de Christopher Newport University. Su argumento central es que el federalismo no es intrínsecamente democrático ni antidemocrático. Su función depende de dónde surgen las amenazas, de quién controla las instituciones estatales y de si otros centros de poder institucional conservan su independencia.

El análisis llega cuando Estados Unidos se aproxima a las elecciones de mitad de mandato de 2026. Al describir el panorama actual, el artículo de la University of Utah señala las disputas sobre los datos de los registros estatales de votantes, el voto por correo, las presiones sobre funcionarios de Georgia después de las elecciones de 2020 y la redistribución partidista de distritos del Congreso como ejemplos de las tensiones que rodean a las instituciones democráticas.

Cómo puede ofrecer resistencia un sistema federal

El federalismo distribuye la autoridad gubernamental. Los estados conservan responsabilidades sustanciales, incluidos papeles importantes en la administración electoral, los tribunales y las políticas públicas, mientras que el Gobierno federal tiene sus propios poderes diferenciados. Esa estructura puede dificultar que un líder o una coalición política nacional imponga simultáneamente un único enfoque en todo el país.

Dichio y Bromley-Trujillo identifican una serie de condiciones bajo las cuales el federalismo puede proteger la democracia. Primero, la amenaza contra las instituciones democráticas debe originarse en líderes nacionales. Segundo, los partidos de oposición o facciones independientes deben controlar suficientes jurisdicciones subnacionales para actuar como contrapesos reales. Tercero, esos estados o jurisdicciones deben conservar una autoridad sólida sobre las elecciones, los tribunales y la capacidad coercitiva.

En esa configuración, las instituciones estatales pueden convertirse en espacios de resistencia. Pueden preservar procedimientos independientes, hacer cumplir las normas existentes u ofrecer canales alternativos para la oposición política. La clave no es simplemente que existan estados, sino que suficientes estados estén gobernados de manera independiente de la coalición nacional y sigan teniendo autoridad para actuar.

Esta afirmación exige más que la simple idea de que la descentralización siempre es buena para la democracia. La descentralización puede crear múltiples centros de poder, pero estos solo sirven de control si son realmente capaces de discrepar y operar de forma independiente.

Cuándo la misma estructura puede acelerar el retroceso

Los autores también describen las condiciones en las que el federalismo puede facilitar la erosión democrática. Esto puede ocurrir cuando coaliciones partidistas nacionales con incentivos antidemocráticos capturan los gobiernos estatales, cuando redes partidistas nacionalizadas coordinan esas políticas entre estados y cuando los espacios institucionales alternativos dentro de esos estados están ausentes, debilitados o también capturados.

En esas circunstancias, la autonomía estatal no necesariamente frena la presión política nacional. En cambio, puede proporcionar numerosos espacios para adoptar y reforzar políticas similares. La coordinación entre gobiernos estatales puede amplificar, en lugar de diluir, una estrategia política nacional.

El marco del artículo concede especial importancia a las instituciones que pueden ofrecer controles internos dentro de un estado. Los jueces elegidos, los mecanismos de democracia directa y otros espacios independientes pueden ser relevantes porque podrían romper una coalición política unificada. Si esas instituciones están ausentes o debilitadas, un gobierno estatal controlado por una sola coalición puede enfrentar menos límites.

Esta doble función explica por qué los argumentos sobre el federalismo a veces parecen contradictorios, aunque ambos contengan una parte de verdad. Un observador puede ver la autoridad estatal como un escudo frente a los excesos nacionales. Otro puede verla como una vía para debilitar las normas democráticas en múltiples jurisdicciones. La respuesta de los autores es que ninguno de los dos resultados está garantizado; la independencia institucional y la alineación política determinan cuál de los efectos predomina.

Por qué el análisis importa más allá de las elecciones

La administración electoral es el área más clara en la que se ven las consecuencias del federalismo, porque los estados desempeñan un papel directo en la fijación y aplicación de muchas normas electorales. Pero la lógica del estudio va más allá del voto. Los tribunales, las fuerzas de seguridad, la administración pública y otras instituciones pueden convertirse en espacios donde interactúan el poder nacional y el estatal.

Para los ciudadanos, este marco ofrece una forma de superar las etiquetas abstractas. Las preguntas importantes son prácticas. ¿Las instituciones estatales están controladas por actores capaces de actuar de manera independiente? ¿Conservan la capacidad jurídica y administrativa para hacerlo? ¿Existen canales alternativos creíbles cuando una coalición gobernante intenta cambiar las reglas en su beneficio? ¿Las redes políticas coordinan políticas a través de las fronteras jurisdiccionales?

Estas preguntas también dejan claro que la resiliencia democrática no puede medirse únicamente por el texto formal de una constitución. La autoridad formal importa, pero también lo hacen las estructuras partidistas, las prácticas institucionales y los incentivos políticos que determinan cómo se utiliza esa autoridad. Un sistema federal puede tener fuertes protecciones legales sobre el papel y, aun así, ser menos protector si sus gobiernos componentes y órganos de supervisión actúan al unísono.

Una salvaguarda condicional

El estudio no presenta el federalismo como una cura sencilla para el retroceso democrático. Más bien, trata el sistema como un conjunto de oportunidades institucionales que pueden utilizarse de distintas maneras. Cuando las amenazas nacionales encuentran una oposición estatal duradera e instituciones independientes, el federalismo puede crear fricción frente al declive democrático. Cuando la misma coalición captura gobiernos en varios niveles y debilita los controles internos, el federalismo puede ayudar a normalizar y distribuir políticas antidemocráticas.

La conclusión es especialmente relevante a medida que el conflicto político atraviesa cada vez más las fronteras estatales mediante partidos nacionales, estrategias jurídicas compartidas y campañas coordinadas. Los gobiernos estatales siguen siendo poderosos, pero no operan de forma aislada. Su valor como contrapesos democráticos depende de que conserven una independencia institucional y política significativa.

Para el ciclo electoral de 2026, el marco de los autores apunta a una lección básica: el papel democrático del federalismo debe evaluarse por su distribución real del poder, no solo por su diseño. El sistema puede ser una vía de doble sentido: puede bloquear la presión sobre las instituciones democráticas o ayudar a llevarla más lejos.

Este artículo se basa en un reportaje de Phys.org. Leer el artículo original.

Originally published on phys.org