Una criptomoneda diseñada para parecer más limpia que bitcoin enfrenta una contabilidad ambiental más dura
Chia se ha presentado durante mucho tiempo como una alternativa más ecológica a bitcoin al reemplazar la minería de prueba de trabajo por un modelo de prueba de espacio y tiempo. En lugar de depender de enormes cantidades de cómputo ininterrumpido, el sistema utiliza capacidad de almacenamiento y recompensa a los usuarios que destinan espacio libre en disco y lo mantienen disponible con el paso del tiempo. Esa propuesta ayudó a distinguir a Chia de las elevadas demandas eléctricas que han convertido a bitcoin en un blanco habitual en los debates sobre uso de energía y emisiones.
Una nueva investigación resumida por New Scientist sostiene ahora que la ventaja ambiental se ha exagerado de forma considerable. La nota indica que la huella de carbono anual de Chia probablemente se sitúe entre 0,584 y 1,402 millones de toneladas al año, y que la estimación media ubica las emisiones en unas 18 veces las 50.000 toneladas que la empresa afirmó.
El problema clave no es solo la electricidad en funcionamiento
El estudio, encabezado por Soraya Djerrab en la Escuela Superior de Informática y Tecnologías Digitales de Argelia, examinó el proceso completo implicado en el uso de Chia. Eso importa porque la cadena de bloques depende de dos actividades separadas: plotting y farming. El plotting crea los datos que luego se almacenan, mientras que el farming consiste en mantener esos datos disponibles y demostrar a la red que siguen existiendo.
Esos pasos no someten al hardware al mismo esfuerzo. El plotting requiere mucha memoria y procesamiento, y a menudo depende de unidades de estado sólido rápidas. El farming es relativamente más ligero y puede realizarse en discos duros más lentos. Según los investigadores, la historia ambiental cambia de forma significativa una vez que se contabiliza correctamente la carga de hardware del plotting.
El estudio concluyó que el plotting desgasta una gran cantidad de SSD. Eso significa que la huella del sistema no depende solo de la electricidad usada mientras las unidades están activas. También depende del carbono incorporado asociado con la fabricación del hardware de reemplazo. En otras palabras, el costo ambiental queda en parte incorporado en los dispositivos que Chia consume en el proceso.
Por qué las emisiones incorporadas importan aquí
Esa distinción es central para la conclusión del artículo. Djerrab dijo a New Scientist que Chia no incluyó en sus cálculos la energía utilizada para crear el hardware. Si una estructura de red empuja a los participantes a comprar y reemplazar discos, entonces el carbono liberado antes de que esos dispositivos siquiera se conecten pasa a formar parte de la huella real del sistema.
Esta es una corrección importante frente a afirmaciones simplistas sobre sostenibilidad digital. Una plataforma puede reducir un tipo de consumo energético mientras traslada en silencio el impacto ambiental a otro lugar. Chia puede requerir menos cómputo continuo de fuerza bruta que bitcoin, pero el estudio sugiere que su dependencia del hardware de almacenamiento crea otro conjunto de costos que no puede ignorarse.
Los investigadores también utilizaron hardware equipado con wattímetros precisos para medir el consumo durante distintas tareas de Chia. Eso hace que el resultado sea más difícil de descartar como meramente teórico. La conclusión presentada en el artículo no es simplemente que existan dispositivos de almacenamiento en segundo plano, sino que tanto el desgaste de los equipos como el consumo medido afectan la huella ambiental del libro mayor.
Un problema para la narrativa más amplia de blockchain
El desafío para Chia es en parte técnico y en parte reputacional. Fue comercializada como una respuesta directa al escenario de desastre asociado con la demanda eléctrica de bitcoin. New Scientist señala que se estima que bitcoin consume alrededor de 157 teravatios-hora al año, aproximadamente comparable al uso de electricidad de Polonia. El atractivo de Chia provenía de parecer escapar de ese modelo.
Pero las nuevas cifras sugieren que alejarse de la prueba de trabajo no resuelve automáticamente las preocupaciones climáticas. Puede que solo las traslade a las cadenas de suministro, la rotación de componentes y formas menos visibles de consumo de energía. El artículo también afirma que la estimación media de emisiones situaría a Chia dos órdenes de magnitud por encima de cadenas de bloques convencionales como Ethereum.
Esa comparación importa porque amplía el marco desde una disputa entre una empresa y sus críticos hacia una pregunta más amplia sobre cómo deben evaluarse las cadenas de bloques. Las afirmaciones públicas sobre un diseño más limpio suelen depender de criterios contables estrechos. Cuando esas premisas se amplían, la brecha ambiental entre una arquitectura y otra puede reducirse o incluso invertirse.
Lo que viene ahora
La dirección de Chia Network dijo a New Scientist que las cifras del estudio “no están muy desencaminadas”, aunque también prometió mejoras. Esa respuesta no suena como una aprobación total, pero resulta notable que la empresa no parezca estar descartando la estimación de plano. La conversación, por tanto, ha pasado de si Chia debe compararse con bitcoin a cuán completa ha sido su propia contabilidad.
La lección más amplia es sencilla. En la infraestructura digital, las afirmaciones de eficiencia suben o bajan según los límites del sistema. Si una tecnología depende de reemplazar hardware con frecuencia o de trabajos intensivos de preparación, esos costos pertenecen al total. Chia puede seguir siendo muy diferente de bitcoin en su mecanismo, pero la investigación más reciente sugiere que su imagen verde es más difícil de sostener cuando se toma en cuenta el ciclo de vida completo de la red.
Este artículo se basa en la cobertura de New Scientist. Leer el artículo original.
Originally published on newscientist.com


