Un mito de terror de internet se convierte en un estudio sobre el espacio y la percepción

Backrooms, el debut en largometraje del director de 20 años Kane Parsons, llega con un material de origen inusual: no una novela, ni un cómic, ni un reinicio de franquicia, sino un concepto de terror de internet construido en torno a imágenes de espacios familiares que se sienten fundamentalmente incorrectos. Según el texto de la reseña proporcionado, Parsons convierte esa idea en una obra inquietante para la gran pantalla que trata la arquitectura, el sonido y la percepción como la verdadera maquinaria del miedo.

La película comenzó como un fenómeno de YouTube de Parsons, conocido en línea como Kane Pixels, después de que el concepto de “Backrooms” se extendiera a partir de una imagen de una habitación amarilla fluorescente publicada en internet en 2019. La premisa básica resultaba eficaz de inmediato: una vasta extensión de espacios interiores vacíos, segmentados de forma aleatoria, mundanos en sus componentes pero extraños en su efecto total. La película de Parsons conserva esa inquietud mientras la amplía hacia una narrativa más estructurada ambientada en junio de 1990.

Una historia construida en torno a objetos cotidianos que se comportan mal

La reseña describe la trama a través de Clark, interpretado por Chiwetel Ejiofor, un arquitecto fracasado que ahora dirige una gran tienda de muebles. Descubre una extraña puerta en el sótano de la tienda que conduce a una secuencia aparentemente infinita de habitaciones. Cuando no logra encontrar la salida, su psicoterapeuta, la Dra. Mary Kline, interpretada por Renate Reinsve, entra tras él.

Lo que hace que el concepto funcione, según el texto de origen, no es el espectáculo de los sustos repentinos ni una lógica elaborada de monstruos. Es la transformación del diseño interior cotidiano en evidencia de que la realidad se ha desajustado. Un pasillo sin destino, una silla medio incrustada en el suelo, un sofá colocado apenas de forma equivocada como para resultar amenazante: son pequeñas violaciones de la expectativa espacial, pero ese es precisamente el punto. El horror de la película parece venir de lo poco que hace falta para desestabilizar una habitación una vez que el significado y la función se desmoronan.

La lógica casi científica de la desorientación

Eso hace que Backrooms sea interesante más allá del fandom del género. La reseña la presenta como una película sobre el espacio como sistema inestable. Los “backrooms” no se tratan como un enigma que espera una explicación pulcra. En cambio, el tiempo pasado dentro de ellos parece afectar a la psique, lo que sugiere que la propia percepción forma parte de la trampa. Esto le da a la película una cualidad casi científica: funciona menos como una historia de casa embrujada y más como un experimento sobre lo que ocurre cuando las reglas espaciales ya no producen orientación, confianza ni escape.

Esa idea se ve reforzada por el manejo que hace Parsons de las señales sensoriales cotidianas. La reseña destaca la banda sonora como quizá el elemento más aterrador, especialmente un zumbido eléctrico persistente que crea una incomodidad de bajo grado en lugar de un sobresalto singular. Esto importa porque los seres humanos dependen en gran medida de señales ambientales estables para entender un lugar. Cuando esas señales conservan una textura familiar pero están desligadas de su propósito, la incomodidad se profundiza hasta convertirse en pavor.

Por qué importa la ambientación de 1990

La ambientación de principios de los años 90 no se presenta como nostalgia decorativa. La reseña suministrada sostiene que las texturas VHS, las grabaciones analógicas y la banalidad institucional sitúan la historia en un limbo tecnológico, justo antes de que el mapeo digital, la vigilancia omnipresente y la simulación pasaran a formar parte de la vida cotidiana. Esa elección le da a la película disciplina conceptual. En una era más plenamente conectada, los espectadores podrían esperar instintivamente documentación constante, geolocalización o una explicación técnica. Al situar la historia antes, Parsons permite que la incertidumbre espacial siga siendo incierta.

También preserva la extrañeza del entorno. Las habitaciones de la película no parecen simplemente viejas; pertenecen a un período en el que la arquitectura, el espacio comercial y los interiores administrativos a menudo se sentían estandarizados de maneras que hoy resultan inquietantes. Eso le da al diseño de producción un papel estructural en el horror en lugar de reducirlo a un simple estilismo de época.

Una rara adaptación exitosa del creepypasta web al cine

Uno de los puntos más llamativos de la reseña es que el paso del horror web de formato breve al largometraje no diluye el concepto original. No es un logro menor. El terror nacido en internet suele depender de la brevedad, la ambigüedad y la circulación fragmentaria, todo lo cual puede ser difícil de conservar en una narración de largo formato. Parsons parece haberlo logrado al expandir la atmósfera en lugar de sobreexplicar la mitología.

Si ese juicio se sostiene, Backrooms representa un cambio cultural notable: un creador moldeado por la narrativa visual nativa de internet ha hecho una película que mantiene intacta la lógica inquietante del concepto original. En lugar de tratar el origen en internet como un truco, la película parece entender por qué la idea se difundió en primer lugar.

Miedo construido con sistemas, no con sobresaltos

La reseña presenta finalmente Backrooms como un experimento potente sobre el miedo y la percepción. Esa descripción encaja porque la película parece funcionar atacando los sistemas ocultos que las personas usan para saber dónde están y para qué sirve una habitación. Parsons despoja a los objetos cotidianos de su utilidad, convierte la arquitectura en incertidumbre y deja que el sonido haga tanto daño como la imagen.

En ese sentido, Backrooms es más que una adaptación del folclore de terror en línea. Es un estudio sobre cuán frágil es realmente la confianza espacial y con qué rapidez lo ordinario se vuelve intolerable cuando las reglas que lo organizan empiezan a deslizarse.

Este artículo se basa en una cobertura de New Scientist. Lee el artículo original.

Originally published on newscientist.com