Las preferencias de atención aparecen casi inmediatamente después del nacimiento
Los recién nacidos llegan al mundo con muy poca experiencia posnatal, y eso es precisamente lo que los hace científicamente interesantes. Un equipo de la Universidad de Cambridge ha informado que las niñas y los niños ya difieren en lo que eligen mirar a las pocas horas de nacer, un resultado que refuerza la idea de que algunas diferencias psicológicas vinculadas al sexo tienen raíces anteriores a la cultura y al aprendizaje social.
La investigación, publicada en la revista Biology of Sex Differences, consistió en evaluar a 130 recién nacidos. Debido a que las diferencias aparecieron tan poco después del parto, los autores sugieren que factores prenatales podrían contribuir a moldearlas. Su conclusión no es que la biología lo determine todo, sino que la biología temprana y la experiencia posterior probablemente actúan en combinación, en particular en áreas como el desarrollo de habilidades sociales.
Replicar un hallazgo que permaneció sin comprobar durante décadas
El nuevo trabajo no es el primero en advertir este patrón. En 2000, la misma universidad realizó un estudio que informó que las niñas recién nacidas, en promedio, miraban más tiempo los rostros, mientras que los niños recién nacidos, en promedio, miraban más tiempo los objetos. Ese resultado fue influyente y ampliamente citado, pero también generó llamados a su replicación. En ciencia, un hallazgo llamativo es tan sólido como los intentos de reproducirlo, y este nunca había sido reevaluado, hasta ahora.
¿Por qué la larga brecha? Estudiar a los recién nacidos es extraordinariamente difícil. Los bebés duermen, se inquietan, se alimentan y lloran según sus propios horarios. Su atención es fugaz, sus estados de alerta son impredecibles y los investigadores solo tienen una ventana estrecha para recopilar datos utilizables. Reclutar familias durante las primeras horas después del nacimiento, cuando los padres están agotados y las rutinas hospitalarias dominan el día, añade otra capa de dificultad. La capacidad del equipo de Cambridge de completar el protocolo con 130 bebés es una de las fortalezas notables del estudio.
Cómo funcionó la prueba de atención en recién nacidos
El diseño experimental fue deliberadamente simple, porque la simplicidad es lo que exige la evaluación de recién nacidos. A cada bebé se le mostraron dos videos reproducidos uno al lado del otro. Uno presentaba un estímulo social: un rostro humano moviéndose de forma natural. El otro presentaba un estímulo no social: un conjunto de bolas metálicas oscilando por gravedad en un péndulo de Newton, impulsadas únicamente por fuerzas mecánicas.
Luego, los investigadores midieron cuánto tiempo pasaba cada bebé mirando cada una de las dos pantallas. El tiempo de mirada es un indicador estándar en la investigación con bebés: los bebés no pueden responder preguntas, pero hacia dónde dirigen la mirada revela algo sobre lo que atrae y retiene su atención.
- Estímulo social: un rostro humano con movimiento natural
- Estímulo no social: un péndulo de Newton con bolas metálicas en movimiento
- Medición: proporción del tiempo de mirada dirigido a cada video
- Participantes: 130 recién nacidos, evaluados horas después del nacimiento
Qué hicieron realmente los bebés
El primer resultado fue una preferencia compartida por todos. Independientemente del sexo, los recién nacidos en promedio miraron más tiempo el estímulo social —el rostro en movimiento— que el objeto mecánico. Esa es una línea de base significativa: los rostros humanos parecen ejercer una atracción especial sobre el sistema visual del recién nacido desde el principio.
El segundo resultado es donde los sexos divergieron. En promedio, las bebés dedicaron una mayor proporción de su tiempo de mirada al rostro, mientras que los bebés dedicaron una mayor proporción al estímulo no social. La diferencia es una cuestión de proporción más que de categorías absolutas. Ambos grupos prefirieron el rostro en general; la brecha estuvo en la intensidad con que se expresaba esa preferencia.
Por qué el momento importa tanto
El argumento central del artículo se basa en la cronología. Si las niñas y los niños ya atienden de manera diferente a rostros y objetos a las pocas horas de nacer, entonces la experiencia posnatal —juguetes, lenguaje, expectativas parentales, medios de comunicación, interacción con pares— no puede ser la explicación completa. Simplemente no ha habido tiempo suficiente para que la cultura haga gran parte del trabajo.
Ese razonamiento apunta hacia influencias prenatales. La exposición hormonal en el útero, los factores genéticos y el desarrollo cerebral temprano son contribuyentes plausibles que actúan antes de que un bebé abra los ojos al mundo exterior. Los investigadores enmarcan el hallazgo como evidencia de que algunas diferencias psicológicas entre hombres y mujeres pueden estar moldeadas tanto por la biología prenatal como por la experiencia posterior.
El prolongado debate entre naturaleza y crianza
Durante años, los estudios han informado que las niñas, en promedio, aprenden a hablar antes y desarrollan ciertas habilidades sociales más rápido que los niños. La pregunta obvia es por qué. Un bando enfatiza la socialización: se trata a los niños de manera diferente desde el momento en que se conoce su sexo, y esas diferencias se acumulan a lo largo de los años. El otro bando señala a la biología.
Evaluar a los recién nacidos es una de las pocas formas de separar esas explicaciones. No resuelve el debate —ningún estudio único podría hacerlo—, pero limita el rango de respuestas posibles. Si la diferencia fuera puramente cultural, no se esperaría verla el primer día. Si fuera puramente biológica, la experiencia posterior no tendría espacio para moldear los resultados. El panorama que emerge aquí se parece más a una interacción, en la que una predisposición temprana se encuentra con un entorno y ambos se influyen mutuamente con el tiempo.
Lo que el estudio no afirma
Vale la pena tener en cuenta varias advertencias. Los hallazgos describen promedios entre grupos; no dicen nada confiable sobre ningún niño individual. Un niño recién nacido que mira fijamente un rostro no es anómalo, y una niña recién nacida atraída por un objeto oscilante no está desafiando su biología. Las tendencias a nivel de grupo y el comportamiento individual son cosas distintas, y la brecha entre ellas es amplia.
El estudio también midió un comportamiento estrecho —el tiempo de mirada— durante una ventana breve. No puede mostrar cómo serán estos bebés cuando sean niños, si las preferencias de atención tempranas predicen resultados lingüísticos o sociales, ni cuán grande podría ser cualquier efecto posterior. La replicación, además, es una cuestión de grado: una repetición exitosa fortalece la confianza sin convertir un resultado en definitivo.
Por qué esta investigación es a la vez difícil y valiosa
Los estudios con recién nacidos se sitúan en una intersección incómoda entre importancia e impracticalidad. Prometen revelar los fundamentos más tempranos de la cognición humana, pero son difíciles de financiar, de dotar de personal y de completar. Las familias deben ofrecerse como voluntarias durante uno de los momentos más exigentes de sus vidas. El equipo debe ser lo suficientemente portátil para una habitación de hospital. El análisis debe tener en cuenta a los bebés que se duermen a mitad de la tarea.
Por eso una muestra de 130 bebés cuenta como un logro genuino. También es la razón por la que el hallazgo original permaneció sin replicar durante tanto tiempo, y por la que este nuevo estudio importa más allá de sus resultados inmediatos: demuestra que la pregunta puede formularse rigurosamente.
La conclusión
A las pocas horas de nacer, antes de que la cultura haya tenido la oportunidad de afianzarse, las niñas y los niños recién nacidos ya prestan atención a cosas ligeramente distintas. Las bebés dedican proporcionalmente más tiempo a un rostro humano en movimiento; los bebés dedican proporcionalmente más a un objeto mecánico. Todos prefieren el rostro. La divergencia está en el grado.
Para el equipo de Cambridge, ese momento es el titular. Sugiere que las raíces de algunas diferencias psicológicas vinculadas al sexo —incluidas las relacionadas con el desarrollo social— pueden plantarse antes del nacimiento y luego cultivarse por todo lo que sigue.
Este artículo se basa en la cobertura de Medical Xpress. Lea el artículo original.
Originally published on medicalxpress.com








