Una campaña contra una poderosa herramienta legal en la economía de los combustibles fósiles

Una coalición de más de 340 organizaciones de la sociedad civil está pidiendo a los gobiernos que se retiren de la solución de controversias inversor-Estado, o ISDS, un mecanismo legal incorporado en muchos acuerdos comerciales y de inversión. La presión llega justo antes de la Primera Conferencia sobre la Transición para Abandonar los Combustibles Fósiles, prevista para finales de abril en Colombia, donde el papel del ISDS recibirá una atención inusualmente destacada en un entorno climático multilateral.

El último llamamiento reúne a grupos de más de 50 países, entre ellos Sierra Club, Amnistía Internacional, Oxfam International, Friends of the Earth International y varias redes regionales sobre clima. Su argumento es directo: el ISDS ofrece a las empresas transnacionales una vía para impugnar políticas de interés público en tribunales ad hoc cuando esas compañías creen que la acción del gobierno podría dañar sus beneficios esperados.

Esta estructura se ha vuelto especialmente polémica en la política climática, donde los gobiernos enfrentan una presión creciente para eliminar gradualmente los combustibles fósiles, endurecer las normas medioambientales y acelerar el cambio industrial. Los críticos sostienen que esas medidas pueden desencadenar costosas amenazas legales por parte de compañías energéticas que operan bajo antiguos tratados de inversión redactados en una era política y económica muy distinta.

Por qué el ISDS se ha convertido en un punto de conflicto climático

Según la declaración conjunta citada por Sierra Club, las empresas de combustibles fósiles han sido las mayores beneficiarias del sistema ISDS a nivel mundial, con más de 87.000 millones de dólares en reclamaciones. Para los activistas, esa cifra representa algo más que un problema de contabilidad jurídica. Es una prueba de que, sostienen, un sistema privado de resolución de disputas puede utilizarse para disuadir a los gobiernos de avanzar más rápido en la descarbonización.

Las organizaciones dicen que el problema es estructural. Las cláusulas ISDS se redactan en acuerdos comerciales e inversiones para proteger a los inversores de acciones gubernamentales que podrían reducir los rendimientos. En la práctica, afirman los críticos, esas disposiciones pueden invocarse contra la regulación climática, las salvaguardias de interés público y las políticas de transición diseñadas para reducir la dependencia del carbón, el petróleo y el gas.

Sierra Club vinculó el tema con su informe de 2024 sobre cómo las empresas utilizan los acuerdos comerciales y de inversión para debilitar la acción climática. En su marco, el ISDS no es un asunto secundario para la transición energética. Es una de las barreras institucionales que pueden ralentizarla o distorsionarla al elevar las reclamaciones corporativas por encima de prioridades sociales, ambientales y fiscales más amplias.

El mensaje político de los grupos de defensa es que los gobiernos no pueden prometer de manera creíble una transición justa lejos de los combustibles fósiles mientras permanezcan dentro de sistemas legales que podrían penalizarlos por llevarla a cabo. Esa postura está pasando ahora de los círculos activistas a un escenario diplomático de mayor perfil.

Colombia pone el tema en la agenda diplomática

El momento de la declaración importa. La carta abierta se publicó antes de una conferencia en Colombia centrada en la transición para abandonar los combustibles fósiles, y los organizadores han colocado la barrera que supone el ISDS directamente en la agenda. Esto es notable porque la diplomacia climática a menudo ha tratado el derecho comercial y el arbitraje de inversores como temas adyacentes, y no como obstáculos centrales para la planificación de la transición.

Colombia también ha emergido como punto focal en el debate. Sierra Club señaló que el presidente del país anunció recientemente la intención de sacar a Colombia del sistema ISDS. Si se lleva a cabo, ese paso supondría una confrontación más dura con la arquitectura legal que ha sustentado los flujos globales de inversión durante décadas.

Para los activistas, la postura de Colombia es importante porque sugiere que la oposición al ISDS ya no se limita a las organizaciones no gubernamentales. Se está convirtiendo en una opción de política real para los gobiernos que intentan conciliar sus compromisos climáticos con el control soberano de la política industrial y medioambiental.

El planteamiento de la coalición también vincula el ISDS con la equidad, no solo con las emisiones. Los críticos argumentan que, cuando los Estados se enfrentan al riesgo de reclamaciones multimillonarias, los contribuyentes y las comunidades de primera línea pueden acabar soportando el coste de políticas diseñadas para proteger el bienestar público. Esa preocupación es especialmente aguda en países con menos recursos fiscales y menos palanca jurídica en disputas internacionales complejas.

Una batalla más amplia sobre quién define la transición

El debate sobre el ISDS refleja una competencia mayor sobre quién establece las reglas de la economía posterior a los combustibles fósiles. Los defensores del sistema actual han sostenido durante mucho tiempo que las protecciones al inversor fomentan la inversión transfronteriza al reducir el riesgo político. Los opositores responden cada vez más que esas mismas protecciones pueden dejar bloqueadas prioridades obsoletas, especialmente cuando el mundo intenta desmantelar rápidamente la infraestructura de altas emisiones.

La declaración de Sierra Club presenta el asunto en términos abiertamente democráticos, describiendo las reglas comerciales existentes como anticuadas y excesivamente favorables a los contaminadores corporativos. Esa retórica apunta a una división cada vez mayor entre los marcos de globalización anteriores y los nuevos objetivos de política climática. Mientras los países intentan reconfigurar los sistemas energéticos, la industria pesada y las finanzas públicas, los sistemas jurídicos escritos para una época de expansión del mercado están bajo un escrutinio más intenso.

La pregunta inmediata es si ese escrutinio se traduce en una acción gubernamental coordinada. La presencia de cientos de organizaciones da amplitud a la campaña, pero la verdadera prueba será si más Estados siguen el ejemplo de Colombia o buscan nuevos arreglos de tratados que reduzcan la exposición a las impugnaciones de inversores.

En cualquier caso, el tema está ganando un nivel de visibilidad que habría sido inusual incluso hace unos pocos años. Para la política energética, eso importa. La transición fuera de los combustibles fósiles no es solo una historia de tecnología, despliegue e inversión de capital. También es una historia sobre los sistemas legales que determinan quién asume el riesgo, quién tiene poder de negociación y con qué rapidez pueden actuar los gobiernos cuando los objetivos climáticos chocan con intereses comerciales arraigados.

Este artículo se basa en la cobertura de CleanTechnica. Leer el artículo original.

Originally published on cleantechnica.com