Un riesgo climático más profundo arde bajo los incendios del Ártico
Los incendios forestales en el Ártico y en las regiones boreales cercanas podrían estar contribuyendo más al calentamiento global de lo que muchos modelos suponen actualmente, porque parte del material que se quema no es vegetación reciente, sino carbono antiguo almacenado en los suelos durante cientos o incluso miles de años. Esa es la advertencia que surge de un estudio de núcleos de suelo recogidos en torno al Ártico y los bosques boreales.
La suposición convencional ha sido que la mayor parte de las emisiones de incendios forestales en estas regiones procede de biomasa relativamente reciente. Pero investigadores dirigidos por Meri Ruppel, del Instituto Meteorológico Finlandés, encontraron evidencia de que los incendios pueden prender material orgánico viejo enterrado en los suelos, incluido carbono que en algunos lugares tiene hasta 5.000 años. Si ese proceso es generalizado, significa que el Ártico no solo está perdiendo vegetación actual por el fuego. También está liberando una reserva de carbono acumulada durante largo tiempo que los sistemas climáticos han tratado históricamente como un sumidero.
La distinción es importante porque cambia cómo deben entenderse los incendios. Quemar crecimiento reciente es dañino, pero forma parte de un ciclo del carbono más rápido. Quemar carbono antiguo del suelo libera material que ha permanecido fuera de la atmósfera durante siglos o milenios.
Lo que mostraron los núcleos de suelo
Según los investigadores, el proceso clave no es solo la quema rápida de la vegetación superficial. En muchos lugares, ese fuego superficial parece desencadenar una combustión lenta y humeante más profunda en el suelo, donde la materia orgánica antigua, como la turba, se ha acumulado durante largos periodos. Esa quema más lenta puede liberar tanto dióxido de carbono como carbono negro, o hollín.
El estudio indica que la edad del carbono quemado varía según el entorno, en función de factores como la profundidad de los suelos orgánicos y hasta dónde penetra el fuego. En los Territorios del Noroeste de Canadá, por ejemplo, se informa que los incendios están quemando varios centímetros bajo tierra y liberando carbono almacenado hace hasta 400 años. En otros lugares, la edad del material liberado puede ser mucho mayor.
El trabajo sugiere que el riesgo tiende a aumentar hacia el Ártico, donde los suelos más superficiales pueden situar la materia orgánica acumulada más cerca de la superficie. En esos entornos, el fuego tiene un camino más directo hacia depósitos más antiguos.
Por qué el carbono negro eleva la apuesta
La preocupación no se limita al dióxido de carbono. La combustión lenta de suelos antiguos también genera carbono negro, que tiene sus propios efectos de calentamiento. El carbono negro absorbe calor de la luz solar directamente en la atmósfera. En regiones frías, también puede depositarse sobre la nieve y el hielo, oscureciendo la superficie y causando más deshielo del que ocurriría de otro modo.
Eso significa que estos incendios pueden estar amplificando el calentamiento por varias vías a la vez. Añaden gases de efecto invernadero, producen hollín que altera el balance térmico de la atmósfera y pueden acelerar el deshielo de hielo y nieve cuando las partículas se depositan sobre superficies reflectantes. El resultado es un bucle de retroalimentación especialmente preocupante en regiones de alta latitud que ya se están calentando con rapidez.
Ruppel dijo que la combustión del suelo podría liberar carbono almacenado durante mucho tiempo en suelos antes considerados sumideros de carbono. Ese planteamiento captura la magnitud de la preocupación. Un sumidero que se convierte en fuente no solo debilita la resiliencia climática. La revierte activamente.
Lo que podrían estar pasando por alto los modelos climáticos actuales
Uno de los puntos más importantes del informe es que los modelos climáticos actuales no contemplan la liberación de este carbono antiguo. Si las emisiones de incendios del Ártico y de las regiones boreales se están subestimando porque no se representa plenamente la edad y la profundidad del material quemado, entonces las proyecciones del calentamiento futuro también podrían estar omitiendo una contribución cada vez mayor.
El Ártico ha sido considerado durante mucho tiempo una primera línea climática por el deshielo del hielo marino, el descongelamiento del permafrost y el cambio de ecosistemas. Este estudio añade a esa imagen al subrayar la vulnerabilidad del propio carbono del suelo. La materia orgánica que se acumuló lentamente en condiciones frías está cada vez más expuesta a incendios más grandes y frecuentes. Una vez quemado, ese depósito acumulado no se reemplaza rápidamente.
La investigación también pone de relieve cómo el fuego en el extremo norte difiere de otras narrativas más conocidas sobre incendios forestales. En muchos incendios de latitudes bajas, la atención se centra en los árboles, las viviendas, las columnas de humo y el daño inmediato en la superficie. En los sistemas árticos y boreales, parte del peligro ocurre bajo la superficie, donde el material más importante puede arder lentamente sin ser visto.
Un papel cambiante para los paisajes del norte
Las plantas en regiones frías crecen lentamente, pero sus restos pueden acumularse durante largos periodos en el suelo, especialmente en paisajes ricos en turba. Esa acumulación ha ayudado a que los suelos árticos y boreales funcionen como un gran sumidero de carbono. Los nuevos hallazgos sugieren que este papel puede ser menos estable de lo que se pensaba bajo un régimen de incendios más frecuentes y severos.
Si los incendios de combustión profunda se vuelven más comunes, el norte podría perder parte de su función amortiguadora y, en cambio, contribuir con más calentamiento. Ese cambio tendría consecuencias mucho más allá del propio Ártico. El carbono liberado allí se mezcla con la atmósfera global, mientras que los efectos del carbono negro sobre la nieve y el hielo pueden remodelar la dinámica térmica polar.
El resultado es una historia climática que es a la vez local y planetaria. El comportamiento local del fuego determina hasta qué punto la combustión penetra en el suelo. Pero las consecuencias se expanden hacia afuera, afectando la química atmosférica, la reflectividad de la superficie y los totales globales de gases de efecto invernadero.
