Antiguos túmulos funerarios a una hora al norte de Estocolmo

A aproximadamente una hora en coche al norte de Estocolmo, el terreno se aplana en una amplia llanura donde un grupo de grandes túmulos funerarios se alza desde hace más de dos milenios. El pueblo que los erigió pertenecía a una cultura de al menos 2.500 años de antigüedad. No eran vikingos. Eran godos germánicos septentrionales: politeístas paganos que adoraban a los precursores de los dioses que más tarde se conocerían como Odín, Freyr y Thor.

En apariencia, no era una sociedad preocupada por la astronomía tal como la entendemos. Sin embargo, algo impulsó a estas personas a medir el Sol y la Luna con una precisión llamativa. La explicación, según un investigador sueco, reside en el ritual: necesitaban saber exactamente cuándo comenzar nueve días de sacrificios de pleno invierno.

Un ciclo de sacrificios de ocho años

La obsesión de los godos por la cronología se centraba en un ciclo recurrente de sacrificios humanos y animales celebrados en pleno invierno. Los ritos eran espantosos y seguían un estricto ritmo de ocho años. La creencia que los sustentaba era cruda: si los grandes sacrificios de pleno invierno no se realizaban cada ocho años, los ocho años siguientes podrían traer la catástrofe.

Los sacrificios solían comenzar en pleno invierno, entre el 6 y el 8 de febrero. Acertar de forma fiable en esa estrecha ventana, ciclo tras ciclo, exige mucho más que una vaga sensación de las estaciones. Exige un calendario.

Un astrofísico afirma haber encontrado el calendario

Goran Henrikson, astrofísico y antiguo profesor de la Universidad de Uppsala en Suecia, afirma haber recuperado el calendario que regía esos ritos. Sostiene que ha descubierto el calendario que regulaba las fechas del Gran Sacrificio de Pleno Invierno, que tenía lugar cada ocho años.

Su reconstrucción vincula el calendario ritual con elementos integrados en el paisaje. Las hileras de postes, según su lectura, servían como líneas de visión: marcadores que indicaban a los observadores cuándo saldría la luna llena en un punto concreto del horizonte y cuándo saldría el Sol en la dirección que señalaba el inicio de un nuevo ciclo de sacrificios.

Henrikson expuso su argumento en un artículo presentado en la reunión de 2014 de la European Society for Astronomy in Culture. El trabajo aborda cómo se fijaba el comienzo de cada ciclo de ocho años, y por qué la Luna, y no solo el Sol, era la clave.

Fijar la fecha de inicio por la luna llena

Según Henrikson, el sacrificio en Gamla Uppsala tenía lugar cada octavo año, y la fecha de apertura quedaba definida por la luna llena que caía entre el 28 de enero y el 26 de febrero en el calendario gregoriano. Es una ventana estrecha en un mundo estacional por lo demás holgado, y acertarla con antelación exige la capacidad de anticipar las fases lunares en lugar de limitarse a observarlas.

La evidencia arqueológica parece coincidir con la idea. Las excavaciones en el yacimiento descubrieron dos largas hileras de agujeros de poste, una de ellas de unos 850 metros de longitud. En la interpretación de Henrikson, esas hileras marcaban el límite septentrional de la salida de la luna llena y la dirección de la salida del Sol en el momento en que tocaba iniciar un ciclo de sacrificios.

Túmulos reales vinculados al año ritual

Los monumentos más visibles del yacimiento son tres túmulos funerarios «reales», fechados entre los años 450 y 550 d. C. Henrikson escribe que están orientados de tal manera que podrían haberse utilizado para regular el calendario de sacrificios, lo que significa que las tumbas de la élite podrían haber servido también como instrumentos para medir el tiempo.

  • Tres túmulos funerarios reales, fechados entre 450 y 550 d. C.
  • Dos largas hileras de agujeros de poste identificadas durante las excavaciones de 2013, una de unos 850 metros de longitud
  • Un inicio de ciclo definido por la luna llena entre el 28 de enero y el 26 de febrero
  • Sacrificios que comenzaban entre el 6 y el 8 de febrero
  • Una repetición cada ocho años, con un ciclo que comenzó en el año 852 d. C.

De los registros históricos a la aritmética lunar

Para situar el ciclo en años reales, Henrikson combinó datos históricos con cálculos de las fechas de las lunas llenas. Ese método le permitió establecer los años exactos del ciclo de ocho años, incluido un ciclo que comenzó en el año 852 d. C. El resultado saca el calendario del terreno de la leyenda y lo sitúa en algo que puede contrastarse con el propio cielo.

El ejercicio también insinúa lo que el ritual exigía de quienes lo mantenían. Predecir una luna llena dentro de una ventana de cuatro semanas no es una hazaña puntual; requiere observar, registrar y transmitir conocimientos a lo largo de generaciones. Un ciclo de ocho años es lo bastante largo como para que ningún sacerdote pudiera confiar únicamente en la memoria.

Una cultura que leía el cielo

Uppsala es hoy una ciudad sueca moderna a poca distancia del aeropuerto internacional de Arlanda. Al recorrer las colinas en una ventosa tarde de julio, el visitante solo puede imaginar cómo era en su esplendor la cultura que antaño las ocupó.

Lo que destaca es el contraste entre la violencia de los ritos y la sofisticación de la astronomía que los sustentaba. Según el relato de Henrikson, eran personas que tenían una apreciación del mundo natural —incluida la esfera celeste— difícil de comprender del todo para los observadores modernos. Su calendario no era un ejercicio abstracto. Estaba ligado a la creencia de que los ritmos del cielo y las obligaciones de la comunidad avanzaban juntos.

En qué se basa la reconstrucción

El caso de Henrikson se arma a partir de tres hilos: los restos arqueológicos de los túmulos y las hileras de agujeros de poste, los registros históricos y el recálculo astronómico de las fechas de las lunas llenas. Cada hilo existe por sí solo, pero la afirmación sobre el calendario depende de cómo se unen, y por eso el argumento se presentó ante especialistas en la astronomía de las culturas antiguas en lugar de darse por hecho.

Eso convierte el hallazgo en un ejemplo notable de arqueoastronomía, la práctica de leer los monumentos antiguos en busca de pruebas de una observación sistemática del cielo. Si la reconstrucción se sostiene, los godos de Gamla Uppsala no se limitaban a marcar las estaciones. Estaban ejecutando un modelo predictivo del comportamiento de la Luna, refinado a lo largo de generaciones y anclado a una fecha que creían que no podía pasarse por alto.

Si los túmulos y los postes se concibieron siempre como instrumentos calendáricos, o si esa función surgió gradualmente, sigue siendo una pregunta abierta para futuros trabajos en el yacimiento. Lo que sí muestra el registro es que un antiguo pueblo septentrional, muy alejado de los vikingos de la historia popular, invirtió un esfuerzo real en el cielo, y lo hizo con una precisión que aún sorprende.

Este artículo se basa en reportajes de Universe Today. Lea el artículo original.

Originally published on universetoday.com