Un caso de robo de banco con consecuencias nacionales

Un caso de la Corte Suprema que comenzó con un robo de banco en 2019 a las afueras de Richmond, Virginia, podría reconfigurar la ley de privacidad digital para millones de estadounidenses. En Chatrie v. United States, los magistrados evalúan si el uso policial de una “orden de geocerca” violó la Cuarta Enmienda cuando los investigadores pidieron a Google que identificara dispositivos ubicados cerca de la escena del crimen.

El problema jurídico es estrecho en el papel, pero amplio en la práctica. Las órdenes de geocerca funcionan trazando un límite virtual alrededor de un lugar y un momento, y luego obligando a una empresa de tecnología a entregar información sobre los usuarios cuyos dispositivos estaban dentro de él. En este caso, la policía pidió a Google datos de cualquier persona que hubiera estado a 300 metros de Call Federal Credit Union cuando ocurrió el robo.

La investigación se basó en Google Maps Location History, que, según la cobertura del caso, puede identificar la ubicación con una precisión de unos tres metros y actualizarse a intervalos breves. La policía utilizó los registros de la empresa por etapas, reduciendo el grupo de usuarios hasta que Okello Chatrie surgió como el principal sospechoso.

Por qué el caso importa más allá de un solo sospechoso

La pregunta ante la Corte no es simplemente si la policía encontró a la persona correcta. Es si el gobierno puede buscar primero los datos de ubicación de una gran población y depurar la sospecha después. Ese modelo es lo que hace que las órdenes de geocerca sean especialmente controvertidas. En lugar de apuntar a un sospechoso conocido, los investigadores comienzan recopilando datos de todas las personas cercanas, incluidas aquellas sin una conexión evidente con un delito.

Eso supone una clara ruptura con la práctica tradicional de las órdenes de registro, que por lo general exige una causa probable particularizada. En términos físicos, se parece más a preguntar quién estaba en la cuadra y solo después decidir qué persona merece un escrutinio más estricto.

Para los defensores de las libertades civiles, el riesgo es obvio: tener un smartphone puede colocar a una persona común dentro de una investigación sin ninguna sospecha individualizada. Para las fuerzas del orden, las solicitudes de geocerca han sido una forma eficiente de generar pistas en casos donde las declaraciones de testigos, las grabaciones de vigilancia y otras pruebas son limitadas.

La línea divisoria jurídica

El abogado de Chatrie argumenta que este uso de datos de geocerca equivalió a un registro e incautación irrazonables bajo la Cuarta Enmienda. Un tribunal federal de distrito estuvo de acuerdo en que la orden carecía de causa probable, pero aun así permitió la prueba bajo la “excepción de buena fe”, lo que significa que la policía se había apoyado en el proceso de la orden aunque la búsqueda de fondo fuera constitucionalmente defectuosa.

Un tribunal federal de apelaciones fue más lejos y concluyó que la Cuarta Enmienda no había sido violada en absoluto porque Chatrie había compartido voluntariamente sus datos de ubicación con Google. Ese razonamiento se apoya en la duradera “doctrina de terceros”, según la cual la información revelada a una empresa puede perder parte de su protección constitucional.

Sin embargo, esa doctrina se ha vuelto cada vez más frágil en la era del smartphone. Los teléfonos modernos generan de forma continua datos sensibles sobre dónde vive, trabaja, viaja, practica su fe, compra, busca atención médica y se reúne con otras personas. Los registros de ubicación pueden ser extremadamente reveladores incluso cuando los usuarios no piensan activamente en ello como “compartir” en el sentido habitual.

Por qué importa el momento ahora

Hay un giro adicional en el caso: según se informó, Google dejó de almacenar en la nube el historial de ubicación de los usuarios de Maps en 2024, citando preocupaciones de privacidad. Eso no vuelve irrelevante el caso. Más bien, resalta la rapidez con la que pueden interactuar el diseño de las plataformas, la retención corporativa de datos y las prácticas policiales.

La decisión de la Corte seguirá importando porque el principio central va más allá de una sola función de Google. La misma lógica podría afectar otras formas de datos almacenados por grandes empresas tecnológicas, incluida información que revela movimiento, presencia o proximidad. Una sentencia que avale búsquedas al estilo geocerca podría fomentar un uso más amplio de solicitudes digitales masivas. Una que las restrinja podría obligar a la policía y a los fiscales a replantear cómo persiguen pruebas basadas en la ubicación.

Lo que está en juego para los usuarios comunes

La mayoría de las personas no experimenta la vigilancia digital como un evento dramático. Está incrustada en la vida cotidiana mediante mapas, aplicaciones de transporte, aplicaciones del clima, metadatos de fotos y permisos de aplicaciones que parecen rutinarios. El debate sobre geocercas expone lo rápido que los datos de conveniencia pueden convertirse en pruebas de investigación.

El caso también refleja un cambio más profundo en el procedimiento penal. Históricamente, la policía tenía que observar, seguir o registrar físicamente para reunir pruebas sobre los movimientos de alguien. Ahora, las empresas de tecnología pueden ya tener un mapa histórico detallado de dónde ha estado la gente. La cuestión constitucional es si el gobierno puede acceder a ese archivo en masa sin cruzar una línea que la Cuarta Enmienda fue diseñada para impedir.

Por eso el caso resuena mucho más allá de los especialistas en derecho penal. Se sitúa en la intersección entre vigilancia, gobernanza de plataformas y libertades civiles. Si la Corte se alinea con la teoría más amplia del gobierno, el efecto práctico podría ser normalizar la sospecha por proximidad. Si restringe la práctica, podría establecer uno de los límites más claros hasta ahora a las búsquedas digitales de tipo redada.

Qué sigue

La Corte Suprema escuchó argumentos el 27 de abril y se espera que emita una decisión en los próximos meses. Sea cual sea el resultado, el fallo probablemente se convertirá en un punto de referencia fundamental en la ley de privacidad digital.

La Corte debe responder a una pregunta que no existía en una forma parecida hace una generación: cuando nuestros dispositivos informan constantemente a las empresas que impulsan la vida moderna, ¿cuánto de ese registro sigue siendo privado frente al gobierno? La respuesta en Chatrie puede determinar si el escudo constitucional sobre los datos de ubicación sigue teniendo sentido, o si la mera presencia cerca de una escena del crimen basta para arrastrar a personas inocentes a una investigación policial.

Este artículo está basado en una cobertura de The Verge. Leer el artículo original.

Originally published on theverge.com