El rover marciano europeo, retrasado durante años, tiene un nuevo camino hacia el espacio

NASA ha confirmado que SpaceX lanzará el rover Rosalind Franklin de la Agencia Espacial Europea en un cohete Falcon Heavy desde el Centro Espacial Kennedy, con la posibilidad de lanzamiento ya a finales de 2028. La decisión le da a la misión insignia de Europa algo que ha echado en falta durante gran parte de su historia: un viaje firme a Marte.

Ese hito importa porque Rosalind Franklin se ha convertido en uno de los ejemplos más claros de cómo las misiones planetarias ambiciosas pueden verse remodeladas por la presión presupuestaria, los cambios de alianzas y los conflictos internacionales. El rover, desarrollado como la primera misión europea de este tipo hacia la superficie marciana, ha sobrevivido a múltiples rediseños y a varios planes de lanzamiento a lo largo de casi un cuarto de siglo.

El plan actual sitúa la misión en su cuarto cohete. Las primeras versiones del programa estuvieron vinculadas en distintos momentos a un Soyuz ruso, luego a cohetes Atlas V de United Launch Alliance bajo una asociación NASA-ESA, y más tarde a un Proton ruso cuando la estructura de la misión cambió de nuevo. La asignación de Falcon Heavy es el giro más reciente en esa larga secuencia, pero es el primero en años que llega con respaldo institucional claro después de la perturbación más grave de la misión.

Una misión moldeada por alianzas rotas y choques de financiación

Los orígenes de Rosalind Franklin se remontan a principios de la década de 2000, cuando la ESA se propuso enviar un rover europeo a Marte bajo un programa llamado Aurora. El objetivo inicial de lanzamiento era 2009. Ese calendario no se mantuvo. Los retrasos se acumularon, los planes cambiaron y el proyecto del rover evolucionó hasta convertirse en ExoMars, un esfuerzo más amplio de exploración marciana.

En 2009, la ESA y NASA firmaron un acuerdo para explorar Marte conjuntamente. Bajo ese arreglo, el rover europeo habría viajado junto a un rover estadounidense de tamaño similar en 2018, mientras que un orbitador europeo se lanzaría en 2016 para estudiar el metano en la atmósfera marciana. NASA iba a proporcionar lanzamientos Atlas V para ambas misiones y contribuir con elementos clave del sistema de aterrizaje.

Ese marco se desmoronó en 2012, cuando la administración Obama recortó la mayor parte de la participación de NASA en ExoMars, alegando restricciones presupuestarias, incluida la presión derivada de sobrecostes del Telescopio Espacial James Webb. La ESA no tenía fondos para reemplazar por sí sola las contribuciones estadounidenses perdidas. Para mantener viva la misión, la agencia recurrió a Rusia, que se convirtió en un socio principal para ambos lanzamientos.

Esa disposición también colapsó, esta vez por la geopolítica y no por el presupuesto. La invasión rusa de Ucrania forzó la ruptura de la cooperación y dejó al rover sin la infraestructura de lanzamiento y de misión de la que dependía. El resultado fue otro gran retraso y una nueva búsqueda de apoyo.