El Pentágono quiere una autonomía que escale con menos operadores
El Pentágono avanza hacia un esfuerzo mucho mayor en guerra autónoma, pero sigue sin resolverse un problema operativo básico: los sistemas de drones pueden no llevar tripulación, pero aun así exigen una gran cantidad de trabajo humano. Un nuevo informe de Defense One dice que DARPA está impulsando proyectos destinados a hacer que los robots sean más inteligentes, más autoorganizables y menos dependientes de una dirección humana constante o de enlaces de red vulnerables.
El objetivo inmediato no es solo desplegar más sistemas no tripulados, sino hacer realista que un número relativamente pequeño de personas pueda gestionar un número mucho mayor de plataformas robóticas. Ese desafío se ha vuelto más urgente a medida que la propuesta de presupuesto de 2027 para la oficina del Pentágono que lidera la guerra con drones se prepara para dispararse de 226 millones de dólares este año a 54.000 millones de dólares bajo una nueva propuesta de gasto.
Dos programas de DARPA apuntan a los cuellos de botella centrales
Según el informe, DARPA ha emitido dos solicitudes a la industria que abordan distintos lados del mismo problema operativo. La primera, Materials for Physical Compute in Untethered Robotics, pretende hacer que los sistemas autónomos sean más inteligentes sin depender en gran medida de conexiones a recursos de computación remotos. La segunda, Decentralized Artificial Intelligence through Controlled Emergence, busca ayudar a los robots a formar equipos y llevar a cabo misiones de manera colectiva.
En conjunto, esos esfuerzos sugieren un giro estratégico alejándose de modelos en los que los sistemas autónomos solo son tan útiles como su conexión con la infraestructura centralizada o su acceso a grandes plantillas humanas de apoyo. El Pentágono parece pedir máquinas capaces de razonar más localmente y coordinarse mejor entre sí.
Eso importa en entornos disputados, donde los enlaces de datos pueden degradarse, sufrir interferencias o quedar expuestos. Si un robot necesita transmitir grandes cantidades de datos fuera de la plataforma para procesarlos y luego esperar a que regresen las órdenes, se vuelve menos resistente y menos eficiente. El esfuerzo de computación física de DARPA apunta a reducir esa vulnerabilidad dotando a los robots de mayor inteligencia a bordo sin sacrificar la vida de la batería.
Las operaciones pasadas con drones muestran la carga de personal
La magnitud del problema queda subrayada por los ejemplos históricos citados en el informe. El general retirado del Ejército David Petraeus y el académico Isaac Flanagan sostuvieron en un comentario reciente que las operaciones previas de drones de EE. UU. en Oriente Medio estaban limitadas no principalmente por el número de aeronaves, sino por el personal y la estructura organizativa necesarios para operarlas.
Señalaron que cada patrulla aérea de combate Predator que proporcionaba vigilancia continua requería casi 150 personas. A medida que aumentaba la demanda de cobertura con drones, el factor limitante no era simplemente la cantidad de plataformas disponibles, sino el número de personas capacitadas y las instituciones necesarias para utilizarlas con eficacia.
Esa observación tiene implicaciones directas para las ambiciones de gasto actuales del Pentágono. Comprar grandes cantidades de sistemas autónomos sin resolver el problema del operador, la formación, el mantenimiento y la integración podría producir inventarios impresionantes sobre el papel sin aportar un valor militar proporcional sobre el terreno.
Por qué importan los sistemas autoorganizados
El segundo esfuerzo de DARPA, centrado en la IA descentralizada y la emergencia controlada, apunta a uno de los desafíos más difíciles de la automatización militar: cómo permitir que múltiples robots actúen como un equipo sin requerir un flujo inmanejable de microinstrucciones humanas. Si las máquinas pueden coordinar dinámicamente roles y acciones, un solo supervisor humano podría dirigir un paquete de fuerzas mucho mayor.
Eso no elimina la necesidad de supervisión humana. En cambio, cambia el nivel en el que operan las personas. En lugar de dirigir cada movimiento o tarea de sensores, los operadores podrían definir objetivos y restricciones mientras los sistemas autónomos se ocupan de una mayor parte de la coordinación local. Para los ejércitos modernos, esa es una de las promesas más atractivas de la autonomía habilitada por IA.
También es una de las áreas más riesgosas para equivocarse. El comportamiento robótico tipo enjambre o basado en equipos debe seguir siendo lo bastante predecible como para que los mandos puedan confiar en él, mantenerlo e integrarlo en estructuras de fuerza más amplias. El interés del Pentágono en la emergencia controlada refleja esa tensión. Quiere adaptabilidad, pero no caos.
El crecimiento del gasto aumenta la presión sobre la doctrina y la disciplina
El salto propuesto de 226 millones de dólares a 54.000 millones es tan grande que cambia la naturaleza de la conversación. A esa escala, la cuestión ya no es si los sistemas autónomos importan, sino si el Pentágono puede absorberlos de manera inteligente. Defense One señala que buena parte de esa financiación podría desperdiciarse si los militares gastan antes de establecer una comprensión clara de cómo los operadores comprarán, se entrenarán, usarán y mantendrán las armas autónomas.
Esa advertencia es importante porque los fracasos en tecnología de defensa a menudo no surgen por falta de hardware prometedor, sino por conceptos de operación débiles, compras fragmentadas y una planificación de sostenimiento inadecuada. En otras palabras, el desafío es tanto organizativo como técnico.
Los proyectos actuales de DARPA parecen reconocerlo. No están simplemente pidiendo mejores drones. Están pidiendo sistemas que reduzcan las cargas que históricamente han impedido que las flotas de drones escalen con eficiencia.
El mensaje estratégico más amplio
El informe retrata a un aparato militar que intenta pasar de la cantidad de drones a la eficacia autónoma. El procesamiento a bordo más inteligente y el trabajo en equipo descentralizado no son temas abstractos de investigación en este contexto. Son intentos de resolver un cuello de botella práctico que ha limitado durante años la utilidad de los sistemas no tripulados.
Si esos esfuerzos tienen éxito, podrían ayudar a transformar cuántos robots puede emplear con credibilidad una unidad y cuán resistentes son esos sistemas en entornos disputados. Si fracasan, el Pentágono corre el riesgo de gastar mucho en autonomía mientras conserva las mismas restricciones de personal y organización que hicieron intensivas en mano de obra las operaciones anteriores con drones.
La lección central es sencilla. La guerra autónoma no se vuelve escalable solo porque las máquinas puedan volar, conducir o detectar sin pilotos a bordo. Se vuelve escalable cuando el sistema circundante de mando, computación y coordinación ya no exige un esfuerzo humano insostenible. Ese es el problema que DARPA parece estar tratando de resolver antes de que el Pentágono comprometa sumas mucho mayores al campo de batalla autónomo.
Este artículo se basa en un informe de Defense One. Leer el artículo original.
Originally published on defenseone.com








