Diez semanas de guerra han producido un conjunto de datos de batalla poco común

Desde que el ataque del 28 de febrero de Estados Unidos e Israel desencadenó la última fase del conflicto con Irán, la región ha visto intercambios sostenidos de misiles y drones a una escala rara vez visible en la guerra moderna. Para los analistas de defensa, la importancia no es solo política o estratégica. Es empírica. Más de diez semanas de ataques de largo alcance han puesto al descubierto cómo rinden las defensas antimisiles en capas bajo presión, cómo exploran los atacantes las debilidades y con qué rapidez los inventarios de interceptores pueden convertirse en una restricción central.

El panorama general es mixto. Según la fuente, los sistemas defensivos han sido muy eficaces para limitar las bajas, especialmente en Israel. Pero la campaña también ha puesto de relieve una verdad más dura: incluso una defensa exitosa puede resultar lo bastante costosa como para crear una vulnerabilidad a largo plazo si el conflicto se reanuda o se amplía.

Las defensas en capas parecen haber funcionado

Israel habría interceptado cerca del 90% de unos 650 misiles balísticos de alcance medio lanzados contra su territorio, apoyándose en una estructura en capas que incluye Arrow-3 para interceptaciones exoatmosféricas, Arrow-2 para defensa antimisil adicional y David’s Sling para amenazas que descienden dentro de la atmósfera. Los sistemas de Estados Unidos reforzaron esa arquitectura, incluidas baterías THAAD y buques de la Armada armados con misiles SM-3.

El resultado, según describe el texto fuente, fue un número relativamente bajo de muertes civiles pese a la magnitud de los ataques. Ese resultado importa porque refuerza el valor práctico de la defensa multinivel cuando un país afronta salvas repetidas en lugar de ataques aislados.