Un problema de salud desatendido en contextos de desplazamiento tiene nueva evidencia a favor de una respuesta viable
Un ensayo aleatorizado realizado en el asentamiento de refugiados de Mantapala, en el norte de Zambia, encontró que una intervención estructurada para reducir el consumo de alcohol produjo una disminución significativa y sostenida del uso de alcohol entre los participantes, según investigadores dirigidos por la Columbia University Mailman School of Public Health. El estudio, publicado en Lancet Global Health, se describe como el primer ensayo aleatorizado conocido de una intervención para reducir el alcohol en un contexto humanitario.
Esto importa porque la carga de enfermedad es grande y a menudo recibe poca atención. El artículo fuente señala que, al final de 2024, se estimaba que 123 millones de personas vivían en situaciones de desplazamiento forzado, incluidos más de 36 millones de refugiados. El conflicto y el desplazamiento se asocian con un mayor riesgo de resultados adversos para la salud, incluidas las afecciones de salud mental. Los trastornos por consumo de alcohol y otras drogas figuran entre esos riesgos, pero los sistemas humanitarios históricamente han dedicado poca atención y capacidad de investigación a ellos.
El asentamiento de Mantapala ofrece un ejemplo claro de por qué esta brecha importa. Establecido en 2018 en respuesta a refugiados que huían de la República Democrática del Congo, el asentamiento afronta presiones comunes en contextos de desplazamiento prolongado: exposición a traumas, estrés crónico, aburrimiento y servicios especializados limitados. En ese entorno, dicen los autores del estudio, el alcohol casero es común y el riesgo de consumo de cannabis y otras drogas es alto. Estas sustancias pueden convertirse en mecanismos de afrontamiento para un malestar que es social, económico y psicológico a la vez.
Cómo se estructuró el ensayo
El ensayo, llamado Ukuundapwa Chapamo, comparó una versión de SBIRT, o Screening, Brief Intervention, and Referral to Treatment, con la atención habitual. Tras una evaluación inicial, los participantes fueron asignados aleatoriamente en proporción 1:1 a uno de los dos grupos. En la condición de control, la atención habitual consistía en la derivación a proveedores de atención primaria para recibir orientación básica en el centro de salud de Mantapala.
El modelo de intervención destaca no solo por lo que ofrecía, sino por quién lo ofrecía. Personas no especializadas procedentes del asentamiento de refugiados y de la comunidad anfitriona zambiana circundante fueron capacitadas para brindar atención de salud mental bajo la supervisión de profesionales de salud mental. Ese detalle es central para la importancia del resultado. Mantapala no contaba con otros servicios especializados de salud mental o consumo de sustancias dentro del asentamiento, y a las personas con necesidades sanitarias urgentes se las acompañaba a un hospital de nivel distrital.
En otras palabras, el ensayo no estaba poniendo a prueba una solución dependiente de una gran fuerza laboral especializada que la mayoría de las operaciones humanitarias no tiene. Estaba evaluando si un modelo comunitario supervisado podía producir beneficios medibles donde los servicios formales son escasos. Según el texto original, así fue.
Por qué los hallazgos podrían trasladarse más allá de un solo asentamiento
Los sistemas de salud humanitarios a menudo se enfrentan a un desajuste estructural: las necesidades son amplias y persistentes, pero los recursos especializados son escasos, móviles o inexistentes. Las intervenciones que dependen de psiquiatras, psicólogos o especialistas en adicciones a gran escala pueden ser difíciles de mantener en entornos de refugiados. Un modelo que capacita a no especialistas procedentes de las comunidades afectadas y anfitrionas encaja mejor con la forma en que se dotan muchas respuestas reales.
Por ello, los hallazgos de Mantapala apuntan a más que un programa exitoso. Sugieren un diseño de servicio que podría adaptarse a otros asentamientos de refugiados y a otros contextos de desplazamiento donde el consumo de alcohol y otras drogas está presente pero las vías formales de tratamiento son mínimas. Si los componentes centrales pueden enseñarse, supervisarse e integrarse en sistemas de salud primaria o comunitaria, las agencias humanitarias podrían tener una vía más realista para abordar el consumo de sustancias que esperar una capacidad especializada que nunca termina de llegar.

El resultado también refuerza un cambio más amplio en la salud mental global: una distribución de tareas diseñada cuidadosamente puede ampliar la atención a lugares donde los modelos de servicio convencionales se quedan cortos. En este estudio, la intervención fue impartida por personas integradas en la comunidad, en lugar de ser introducida como un servicio externo y limitado. Eso puede mejorar el alcance y la viabilidad operativa, especialmente en asentamientos donde el transporte, la contratación de personal, el idioma y la confianza complican la atención clínica.
Límites que siguen siendo importantes
El material fuente no ofrece medidas detalladas de resultado, resultados por subgrupos ni la duración precisa del seguimiento más allá de describir el efecto como significativo y sostenido. Tampoco aporta datos comparativos sobre cannabis u otros resultados de consumo de drogas, aunque el artículo presenta el alcohol y otras drogas como un desafío vinculado en Mantapala. Esos detalles faltantes no invalidan el resultado principal, pero sí limitan cuánto pueden generalizarse los hallazgos a partir del resumen solo.
También existe una diferencia práctica entre demostrar que una intervención funciona en un ensayo y probar que puede ampliarse de forma consistente a través de sistemas humanitarios con distintos niveles de financiación, condiciones de seguridad e infraestructura de salud pública. La capacitación, la supervisión, la capacidad de derivación y la continuidad de la atención siguen siendo requisitos operativos. Incluso un modelo de pocos recursos no es un modelo sin recursos.
Aun así, esas reservas no deberían ocultar el principal avance. La atención humanitaria a menudo ha tratado el consumo de sustancias como algo secundario frente a otras emergencias, o como un problema demasiado especializado para abordarlo de manera significativa dentro de las respuestas a refugiados. Este ensayo cuestiona esa suposición con evidencia del propio contexto.
Qué significa esto para la planificación de la salud humanitaria
La implicación de política es clara. Los trastornos por consumo de alcohol y drogas en contextos de desplazamiento ya no pueden descartarse como cuestiones con muy poca evidencia como para justificar una intervención estructurada. El ensayo de Mantapala indica que un enfoque breve, supervisado y no especializado puede reducir el consumo perjudicial de alcohol incluso en un contexto marcado por el desplazamiento por conflicto, servicios formales limitados y factores de estrés de salud mental superpuestos.
Para gobiernos, agencias de ayuda y planificadores de salud pública, eso plantea una decisión más concreta. El cribado y la intervención breve para el consumo de alcohol pueden tratarse como parte del diseño del sistema de salud humanitaria, y no como un añadido opcional. La formación de no especialistas locales de las comunidades de refugiados y anfitrionas también puede ofrecer una forma de construir servicios más resilientes y más arraigados localmente.
Con las cifras mundiales de desplazamiento aún en niveles elevados, la evidencia de que modelos prácticos de atención pueden funcionar bajo restricciones humanitarias es especialmente valiosa. El estudio de Mantapala no resuelve el abandono más amplio del consumo de sustancias en los asentamientos de refugiados. Pero sí establece algo esencial: la intervención es posible, y la ausencia de una infraestructura fuertemente especializada no tiene por qué significar ausencia de tratamiento.
Este artículo se basa en la cobertura de Medical Xpress. Leer el artículo original.
Originally published on medicalxpress.com





