Un objetivo familiar en la búsqueda de vida alienígena puede complicar esa búsqueda

Europa ha sido considerada desde hace mucho tiempo uno de los lugares más prometedores del Sistema Solar para buscar vida. Se cree que la luna joviana helada alberga un vasto océano subterráneo bajo su capa congelada, lo que la convierte en un foco natural para la astrobiología. Sin embargo, un nuevo estudio plantea una posibilidad más compleja: si algún día se encuentra vida allí, parte de ella podría no descender de un origen independiente en Europa, sino de la Tierra.

El estudio, de Zaza Osmanov, de la Universidad Libre de Tiflis, y publicado en el International Journal of Astrobiology, examina si partículas de polvo que contienen bacterias vivas expulsadas desde la Tierra podrían llegar a Europa y aterrizar en su superficie. El artículo concluye que el escenario es “altamente plausible” en un sentido estadístico amplio, porque es probable que la Tierra haya estado desprendiendo partículas portadoras de vida hacia el espacio circundante durante miles de millones de años.

Esa idea pertenece al concepto más amplio de panspermia, la noción de que la vida puede viajar entre mundos. Los científicos han considerado durante mucho tiempo versiones de esa hipótesis, incluida la posibilidad de que la propia vida en la Tierra haya sido sembrada desde otro lugar. Lo que hace llamativo el nuevo estudio es su intento de modelar la trayectoria en la dirección opuesta, desde la Tierra hacia uno de los mundos oceánicos más fascinantes del Sistema Solar.

Cómo podrían llegar los microbios terrestres a Europa

Según el resumen del estudio, Osmanov estimó la tasa a la que bacterias transportadas por polvo podrían ser desprendidas de la Tierra por impactos, sobrevivir a un largo viaje por el espacio y resistir el impacto en la superficie de Europa. Su conclusión es que muchos billones de granos de polvo portadores de vida procedentes de la Tierra podrían haber alcanzado Europa a lo largo de decenas de millones de años.

Eso no significa que Europa esté probablemente repleta de microbios terrestres trasplantados. El viaje es hostil, las condiciones de llegada son hostiles y el camino desde la superficie hasta el océano enterrado de la luna es todavía más difícil. Pero el estudio sostiene que el enorme número de partículas implicadas puede hacer que el escenario sea plausible, pese a las probabilidades desfavorables que afronta cualquier microbio individual.

El artículo va un paso más allá al considerar qué podría ocurrir después de la llegada. Los microbios supervivientes en la superficie de Europa, sugiere el estudio, podrían abrirse paso con el tiempo hacia abajo a través de grietas en la capa de hielo de la luna y eventualmente llegar a las aguas oscuras del interior. Esa es la parte más especulativa del escenario, pero también la que tiene implicaciones más directas para futuras misiones de detección de vida.

Por qué la idea importa para la astrobiología

El estudio no afirma que la vida terrestre esté en Europa hoy. Sostiene que el mecanismo de transporte es lo bastante plausible como para tomarlo en serio. Eso importa porque Europa suele presentarse como un lugar en el que descubrir vida respondería una de las grandes preguntas de la humanidad: si la biología surgió de forma independiente más allá de la Tierra. Si la contaminación por transferencia natural es incluso remotamente posible, esa pregunta se vuelve más matizada.

Un microbio vivo en Europa seguiría siendo un descubrimiento profundo. Pero la interpretación cambiaría si los investigadores no pudieran descartar una ascendencia terrestre. En ese sentido, el artículo no trata solo de biología exótica. Trata de los estándares científicos para interpretar uno de los hallazgos posibles más importantes en la ciencia espacial.

El argumento también agudiza la preocupación en torno a la protección planetaria, aunque en una forma natural y no fabricada por el ser humano. Las agencias espaciales ya se preocupan por contaminar mundos objetivo con organismos terrestres transportados en naves espaciales. Este estudio sugiere que la naturaleza puede haber estado ejecutando su propio experimento de contaminación durante escalas de tiempo geológicas. Si es así, distinguir la vida nativa de los migrantes se vuelve aún más difícil.

El reto para las futuras misiones

Europa sigue siendo un destino convincente precisamente porque combina potencial de habitabilidad con indicios accesibles de actividad interna en la superficie. Pero esa accesibilidad tiene dos caras. Una muestra superficial puede ser más fácil de obtener que una muestra oceánica, pero también podría ser más difícil de interpretar. El material de la superficie podría reflejar aportes externos, procesamiento por radiación o solo una relación indirecta con el océano subyacente.

La lección más amplia es que encontrar biología no es lo mismo que demostrar un origen independiente. Las futuras misiones a Europa tendrán que pensar con cuidado en las biofirmas, el contexto y la ascendencia. La complejidad química, las proporciones isotópicas y la ubicación ambiental podrían ser determinantes si los científicos esperan distinguir una biosfera europana de una sembrada, por improbable que sea, desde la Tierra.

El estudio de Osmanov no zanja el asunto, y sus conclusiones probablemente suscitarán debate. Pero presta un servicio importante al ampliar la pregunta. La búsqueda de vida alienígena suele asumir una frontera nítida entre la Tierra y el resto. Este trabajo sugiere que la frontera puede ser más difusa, al menos en escalas de tiempo inmensas.

Esa posibilidad no hace a Europa menos interesante. Si acaso, hace que la luna sea más difícil desde el punto de vista intelectual y, por tanto, más convincente. El descubrimiento de vida allí seguiría transformando la ciencia. Solo obligaría a los investigadores a responder inmediatamente después una segunda pregunta: ¿de quién es descendiente?

Este artículo se basa en la cobertura de 404 Media. Lee el artículo original.

Originally published on 404media.co